Germán Doin – Sustennials — Cultura sustentable

Germán Doin

Director de La Educación Prohibida y coordinador de Proyecto C, ambos proyectos desde donde promueve la transformación educativa.


¿De dónde nació tu interés por el sistema de educación y aprendizaje?

Yo tengo una sensibilidad particular desde muy chiquito al tema del aprendizaje y la educación, siempre estuve muy atento en la escuela y también por lo que se hablaba en mi casa respecto a los cuidados o descuidos del sistema educativo a la hora de enseñar y aprender. Era un tema de conversación común donde vivía. A raíz de eso, y a medida que fui creciendo, para mi estuvo muy presente cómo yo aprendí, mis amigos, mis hermanas. Siempre lo tuve muy a flor de piel. Cuando aparecían injusticias o incoherencias dentro del sistema, eso me motivaba. 

Por otro lado, viví mi adolescencia en el 2001-2002, entonces el afloramiento político en mí como adolescente estaba muy conectado con la percepción de una caída o ruptura de un sistema económico, social y productivo que ya no hacía sentido para mí. Con el tiempo fui descubriendo que en la educación yo podía hacer la diferencia, ya que era donde tenía las ideas más claras. Siempre conectado con que lo que estaba haciendo para la educación, enmarcado en una necesidad de cambio en los diferentes aspectos de la vida. Yo no creo que haya que hacer un cambio en la educación y en el resto de los temas no. Creo que el cambio de educación ayuda a construir una cultura para las próximas generaciones que sigan profundizando otros cambios necesarios en la economía, en la ecología, en las ciencias políticas, en las formas de producir y consumir.

El cambio de educación ayuda a construir una cultura para que las próximas generaciones sigan profundizando otros cambios necesarios; en la economía, en la ecología, en las ciencias políticas, en las formas de producir y consumir.

¿Qué te impulsó a crear la educación prohibida?

Lo que me impulsó a crear La Educación Prohibida fue, en primer lugar, esta búsqueda de utilizar mis conocimientos e intereses para crear una propuesta de impacto que sumara al contexto de cambio socio cultural. Una de las cosas que disparó fue, justamente, una serie de documentales de críticas sociales que fueron muy importantes en los años 2004-2009. Uno de ellos fue Saieh, que planteaba la necesidad de un sistema basado en recursos sostenibles y no en el desarrollo. En ese sentido, la educación y mi compromiso sobre ese tema eran lo que más podía aportar a esa causa. Entonces me propuse hacer un documental  sobre este tema particularmente.

¿Qué significa ser un activista en la educación libre?

Para mí un activista de la educación libre significa estar disponible y dispuesto para acompañar los procesos de aprendizaje, el desarrollo en los niñxs, adolescentes y adultxs, desde una perspectiva de profundo respeto por sus procesos, necesidades, por sus características y diversidades en una complicidad importante con lo que se presenta. La educación libre tiene la premisa de que es en un marco de libertad y de autoregulación en donde los niñxs, adolescentes y adultxs se pueden desarrollar y pueden encontrarse con sí mismos, con sus potenciales, su autenticidad. Y de alguna manera, prevenir el malestar individual, colectivo y social. En cierta forma, yo me reconozco como un activista en el sentido de que estoy atento a eso no solo en el proyecto que coordino en Buenos Aires, sino también en las diferentes instancias que participo, donde también apuesto y propongo una transformación de la educación y un acercamiento del sistema educativo convencional a estas premisas de la educación libre. Entiendo que no necesariamente la educación libre será en todo el sistema educativo, pero sí puede tomar elementos para acercarnos a una cultura de bienestar. 

¿Qué le aconsejarías a alguien que cuestiona los modelos tradicionales de aprendizaje pero no sabe qué hacer?

En primer lugar, que se lance a un proceso de deconstrucción, desaprendizaje y observar críticamente su historia pedagógica, de aprendizaje, su relación con la escuela y qué lo trajo al presente. Verlo críticamente es ver lo que nos ha dolido pero también lo que hemos ganado y desde ese lugar crítico ver cómo esa historia de aprendizaje de cada uno, la escuela y esa cultura escolar, afectan nuestro presente. Creo en estar muy atento a eso e ir tomando consciencia. Y después, ir haciéndose responsable de la necesidad de un cambio, primero en lo cotidiano y después, en la medida que sea posible, en círculos de acción más amplios. Primero en mis relaciones con mis hijos, mis alumnos, mis seres queridos y después ampliar a todos los estudiantes, espacios de trabajo y ojalá también a las instituciones. Es importante aprender de las diversas educaciones alternativas, que nos muestran caminos de reflexión, críticos y prácticas posibles, que para mí no son caminos a seguir, pero pueden ser muy inspiradores a la hora de proponer cambios en el sistema tradicional.

La educación libre tiene la premisa de que es en un marco de libertad y de autoregulación en donde los niñxs, adolescentes y adultxs se pueden desarrollar y pueden encontrarse con sí mismos, con sus potenciales, su autenticidad.

¿Qué hábito sustentable de tu vida te da más orgullo?

Honestamente estoy muy contento de haber desarrollado la capacidad de focalizar la energía, el tiempo y no malgastar las energías en las propuestas del sistema que nos dispersan y que además fomentan un consumo desmedido. Vendría a ser como la idea del equilibrio, de la justa medida. Yo creo que ese hábito en sí mismo ya es sustentable. Creo que en gran parte en el problema que nos encontramos es por un desarrollo desmedido y que ni siquiera un desarrollo sostenible es lo que tenemos que lograr, sino un proceso de desacelerar. En ese sentido, creo que si cada uno de nosotros pudiese conectarse con tomar lo que necesita y no lo que puede de la naturaleza, el entorno, de los otros, de su energía y su tiempo, ya sería un acto que nos ayuda a caminar a una sociedad más sostenible.

¿Cuál te resulta más difícil de cambiar?

Los actos que me resultan más difíciles de cambiar son aquellos que están muy atravesados por las estructuras cotidianas de la vida. Hemos construido una cultura en los sectores urbanos donde se hace imposible o impensable convivir en esos espacios sin el consumo de, por ejemplo, combustibles fósiles, sin recurrir a plásticos, desechables. Uno en su hogar, en lo cotidiano, puede reciclar, pero en cualquier interacción en la que está uno se está relacionando con un otro, o sosteniendo un sistema de intercambio donde siempre hay un otro que está utilizando nuestras energías no renovables. En algún punto, creo que eso es muy difícil de cambiar y ahí es más necesario una apuesta a una reconstrucción de las ciudades como las conocemos. Pensar en nuevas formas de organización en el espacio, en el territorio.